(Ayer comenzamos este relato porno en el que Deborah reivindicaba el uso de las minifaldas sexis. Y ahora, disfruta de su cita con el vecino…):
Cuando llegué a casa todavía era pronto, así que me decidí a regar las plantas del jardín, y si eventualmente mi camiseta se mojaba, mejor que mejor…
Además, mi jardín daba a una calle algo ventosa, por lo que con un poco de suerte, mi vecino, que solía espiarme a través de la valla y de un árbol que invade ambos jardines, estaba mirando en ese momento.
Me hice la loca y provoqué las posiciones más forzadas que se me ocurrieron para llegar a tal o cual rama. Lo bueno de las minifaldas muy cortas es que a la mínima que te estires dejan una vista muy agradable de tus nalgas, y con un poco de ayuda del viento.
Evidentemente, él me estaba observando, y yo lo sabía. Jugábamos a eso a menudo. Él era el vecino voyeur y libidinoso, y yo la vecina guarrilla con sus minifaldas sexys.
Pero hacía tiempo que habíamos pasado a mayores, aunque jugásemos a esto, lo cual nos ponía muy cachondos, por cierto. Entonces él se colaba en mi jardín furtivamente con ayuda de las ramas del árbol que he mencionado antes, me susurraba cosas al oído y me acariciaba mientras yo aún tenía la regadera entre las manos, que eventualmente nos mojaba a ambos… Aunque confieso que yo ya estaba suficientemente mojada.
Esa mañana él estaba especialmente pasional. Se había atrevido a saltar la valla sin pantalones. Agarró la regadera y me mojó las tetas mientras sobaba con una mezcla de dulzura contemplativa y avidez mi top. Tenía los pezones tan erectos que enseguida se le puso dura por contagio. No tuve apenas que rozarle la polla para poder saborearla en toda su magnitud.
Algunas de las casas del vecindario tenían cierta altura, pero no nos inquietaba la posibilidad de que nos viesen, más aún, nos excitaba. Mi vecino disfrutaba con eso y con la visión de mi minifalda mientras yo le hacía una mamada y lo preparaba para una follada que sabría que me gustaría mucho. Siempre se recreaba tocándola, dándome azotes en las nalgas y acariciando mi piel antes de desnudarme y penetrarme. Normalmente me quitaba la falda y el tanga y nos poníamos sobre uno de los asientos del jardín, pero esa mañana…
Esa mañana quería follarme a mí, y se diría que a la falda también, porque bastó con arrugarla un poco y apartar a un lado el tanga. Ah, y cuanto gocé, no os lo podéis ni imaginar…
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