Rosana no sabía lo que se iba a encontrar cuando su mejor amiga, Maite, la invitó a participar en una partida de paintball con otras amigas. Ella era un poco friki, aficionada a los videojuegos, a las series japonesas, e incluso decían que tenía el pelo y la nariz de Buffy Cazavampiros. Por eso, el plan le apeteció muchísimo, juegos de guerra para liberar un poco de adrenalina y competir (ella era muy competitiva).
No dudó en pintarse la cara como un soldado de verdad, pero le extrañó que algunas de sus amigas se hubieran comprado uniformes porno para el juego, en el que por cierto no participaría ningún chico, así que tampoco cumplía una función de despiste (todo el mundo sabe que si un tío ve pasar por delante una tetuda enseñando un sujetador de comando su puntería se va a ver perjudicada seriamente).
Pensó que quizá las amigas de Maite estaban un poco flipadas y que querían emular a Lara Croft en Tomb Raider, o algo así. No se le ocurrió en ningún momento que esta partida de paintball era en realidad una peculiar modalidad de juegos de sexo, y nadie le había informado de ello.
Como no tenía mucha confianza con ellas, Maite aceptó formar pareja con ella, un trato que Rosana tenía intención de romper cuando ya hubiera eliminado a todas sus enemigas. Se emocionaba con solo pensar en esa travesura. Maite no sabía la que le esperaba, iba a recibir varios tiros de pintura por la espalda, JA, JA, JA…
Cuando ya hubo empezado el juego, las dos amigas bajaron lentamente hacia uno de los búnkeres que formaban parte de las instalaciones deportivas de paintball de su ciudad. Los escalones chirriaban como madera antigua de verdad, el aire era pesado y oscuro, y se escuchaba un murmullo que a Rosana le pareció muy poco profesional. Menudas soldados estaban hechas esas… No sabían esconderse ni guardar silencio.
Palpó el cargador como si pusiera munición de verdad y arrastró a Maite con ella con un ademán. No sabía que las amigas estaban armadas con juguetes sexuales, y no con bolas de pintura.
Cuando Rosana entró ahí dispuesta a pegar tiros, se quedó con la boca abierta. El espectáculo, bajo una luz amarillenta, se diría que romántica, no era el que esperaba encontrar: una orgia lesbica en toda regla. Solo eran cinco chicas, pero se amontonaban como una multitud en una sinuosa coreografía acompañada de jadeos, sonrisas y miradas provocativas.
Una apuntó a Rosana con la mirada. Era una invitación al sexo con lesbianas.
(Continuará)